A 22 años del 23 de marzo de 1994 Colosio, el último priísta y el México que no fue

Por Carlos Ramírez / Centro de Estudios Políticos y de Seguridad Nacional
 
Sin proponérselo, la fiesta de cumpleaños del jefe panista Diego Fernández de Cevallos se celebró en el escenario del tiempo político del marzo en que cada vez menos personas recuerdan la figura y el asesinato de Luis Donaldo Colosio el 23 de marzo de 1994. En el rancho del panista se dieron cita todos los personajes de la élite del poder que fue cincelada por Carlos Salinas de Gortari como el estratega y arquitecto del proyecto nacional de desarrollo neoliberal y de mercado iniciado a finales de 1979 con el Plan Global de Desarrollo 1980-1982 como eje rector.
 
El asesinato de Colosio fue un triple ruptura política: en la relación políticos-tecnócratas, como punto de no retorno del neoliberalismo y en el sometimiento de los priístas a los mandatos presidenciales. En el homenaje a Colosio de cuerpo presente en el salón Plutarco Elías Calles del PRI en 1994, con Salinas y su primer círculo haciendo guardia, desde el anonimato surgió el grito de dolor exigiendo justicia; sin embargo, al paso de los años paulatinamente la figura, los discursos y el México soñado por Colosio ha ido deslavándose con la complicidad moral de los priistas. Este año de 2016 apenas unas flores.
 
Con la reflexión del tiempo, los hechos parecen confirmar que Colosio fue el último priísta. Agobiado por las contradicciones entre su lealtad a Salinas y sus propias ideas sobre el priísmo, Colosio nació en el grupo financiero de Salinas en 1979 en la Dirección General de Política Económica y Social de la Secretaría de Programación y Presupuesto y fue catapultado por el propio Salinas al meterlo a su grupo de primer círculo: Joseph-Marie Córdova Montoya, Patricio Chirinos Calero, Rogelio Montemayor y Manuel Camacho Solís. Colosio fue ascendiendo en el escalafón del poder del grupo político financiero salinista hasta llegar a la candidatura presidencial en noviembre de 1993 como la pieza de la continuidad del grupo salinista y del proyecto de modernización neoliberal que se reactivó en la elección presidencial para el sexenio 2012-2018.
 
El asesinato de Colosio tiene cuando menos dos dimensiones: la puramente pericial y la política, las dos agotadas en 1993. La investigación pasó por fiscales especiales y determinó la versión oficial original: Mario Aburto fue un asesino solitario; el escenario político suele contradecir la versión oficial pero en los espacios de la interpretación: el asesinato de Colosio impidió el regreso del viejo populismo priísta y la consolidación del proyecto neoliberal de nación.
 
El problema radica en un análisis de fondo. Como pieza fundamental del salinismo, Colosio contribuyó a la entronización del neoliberalismo en el PRI al grado de que durante su presidencia partidista Salinas dio por terminada la presencia del concepto de “Revolución Mexicana” y se impuso la ideología de “liberalismo social”. El cambio se percibió desde la fundamentación del PGD 1980-1982 cuando ser reconoció que el proyecto económico de la Revolución Mexicana nada tenía que hacer con el proceso de modernización capitalista y de mercado a partir de la crisis económica 1973-1976. Sin embargo, Colosio delineó una opción intermedia en sus discursos como candidato presidencial: seguir por el rumbo del mercado y la globalización, pero regresar a los compromisos sociales del Estado que Salinas había dado por terminados en sus decisiones 1980-1993 como eje del grupo financiero que llegó al poder con Miguel de la Madrid en la SPP 1979-1982 y en la presidencia 1982-1988.
 
La muerte de Colosio adelantó la nominación de Ernesto Zedillo Ponce de León, un tecnócrata reclutado por Salinas en 1988 y garantía del proyecto neoliberal de mercado sin tentaciones populistas. Al arrancar la campaña presidencial de Colosio en 1993, Zedillo fue impuesto como jefe de campaña como un mensaje de que estaría en la línea de sucesión para el sexenio 2000-2006. En los hechos, Zedillo cumplió: su sexenio fue de continuidad y profundización del proyecto neoliberal de mercado, aunque tuvo la astucia política de deslindarse de Salinas en febrero de 1995 con el arresto y encarcelamiento de Raúl Salinas de Gortari por el homicidio de José Francisco Ruiz Massieu, perfilado por cierto como secretario de Gobernación del gobierno de Zedillo para operar la apertura política. Con esa acción, Zedillo mandó el mensaje de que nada lo hacía cómplice de Salinas en el caso Colosio.
 
Los pocos discursos de Colosio respecto a su programa de gobierno aportaron unos cuantos elementos de que mantendría la continuidad del proyecto económico salinista, aunque con matices de apertura democrática. A pesar de la sensibilidad social de Colosio, en realidad no se advirtieron indicios de que fuera a dar un viraje económico. Sin embargo, en el grupo salinista hubo la preocupación de que por la vía de programas sociales asistencialistas se regresara al Estado social financiado con déficit presupuestal.
 
Al final, el asesinato de Colosio impidió la llegada al poder de un político con preocupaciones sociales, aliado con algunos políticos considerados como “antisalinistas”. En la realidad, la llegada de Zedillo como candidato sustituto también regresó a la concepción total del proyecto salinista: economía, política y programas sociales debían de obedecer a la lógica del mercado.
 
 
 
EL ASESINATO
 
 
 
El crimen de Colosio tuvo dos hemisferios fundamentales: el de la violencia criminal y el político. La llegada de los tecnócratas al poder sin pasar por el conocimiento y la asunción de compromisos secretos con las mafias del poder que tenían los secretarios de Gobernación rompió con los compromisos y lealtades de la comunidad de los servicios políticos secretos del sistema político/régimen de gobierno/Estado priísta. Las investigaciones policiacas, procesales y políticas han ignorado el agotamiento de la vía de las complicidades con el gobierno negro oculto en las estructuras de poder –el gobierno de la violencia de Estado– como uno de los escenarios del asesinato de Colosio.
 
Los secretarios de Gobernación que prohijaron candidaturas presidenciales estaban encargados del gobierno secreto: estructuras policiacas, criminales y de grupos promotores de la inestabilidad. De los presidentes de la republica de 1924 a 1976, sólo Avila Camacho no había pasado por Gobernación aunque fue secretario de la Defensa Nacional cuando jugaba un papel no sólo militar sino político-estratégico. Y López Mateos emergió de la Secretaría del Trabajo, pero su principal operador político para su candidatura fue Gustavo Díaz Ordaz como subsecretario de Gobernación del sexenio de Ruiz Cortines con funciones de operador político por su dureza.
 
Miguel de la Madrid inauguró la vía económica para llegar a la presidencia de la república: Salinas y Zedillo se hicieron en la Secretaría de Programación y Presupuesto. Desde el 2000, los caminos presidenciales dejaron la formación política: Fox fue gobernador, Calderón la trabajó en el PAN y Peña Nieto se hizo en el espacio de popularidad mediática. En 1982 la presidencia se deslindó de los hilos secretos del poder con la comunidad de inteligencia, seguridad nacional y criminalidad del poder. A lo largo de dos sexenios, las policías se movieron por la libre y los secretarios de Gobernación operaron casi con autonomía estos hilos del gobierno secreto: Manuel Bartlett Díaz con De la Madrid y Fernando Gutiérrez Barrios/Patrocinio González Garrido/Jorge Carpizo con Salinas.
 
La violencia criminal comenzó en México en 1984 con el asesinato del columnista Manuel Buendía y entró en una zona de inestabilidad de la seguridad nacional en febrero de 1985 con el secuestro y asesinato del agente de la DEA Enrique Camarena Salazar. Los cuerpos policiacos pasaron de cuidar la seguridad del Estado a administrar la criminalidad de los grupos de delincuentes: La Dirección Federal de Seguridad en 1982 participó en el aplastamiento de la guerrilla y se dedicó a proteger a narcotraficantes, como se reveló en 1985 cuando se probó que la DFS cuidaba a los narcos Miguel Félix Gallardo, Ernesto Fonseca Don Netoy Rafael Caro Quintero. Al amparo de la policía se fortalecieron los cárteles del crimen organizado.
 
Luego de los asesinatos de Buendía y Camarena, en 1993 comenzó el ciclo de violencia que sigue vigente en el 23016: en mayo el cardenal católico Juan Jesús Posadas Ocampo fue asesinado en el aeropuerto de Guadalajara cuando chocaron a balazos las bandas de los hermanos Arellano Félix de Tijuana con la de Joaquín Guzmán Loera El Chapo por el cártel de Sinaloa. Ahí comenzó el ciclo de inestabilidad –contradicciones internas en el sistema/régimen/Estado–, desestabilización –factores externos al sistema– y parálisis de gobierno –por la negociación del tratado de comercio libre con los Estados Unidos–, tres de los elementos que mostraron lo que ocurría en el fondo: los grupos criminales adquirieron autonomía relativa de las instancias de control, adquirieron fuerza para corromper autoridades y suplantaron al Estado en zonas territoriales abandonadas.
 
La desarticulación del Estado como fuerza hegemónica fue triple: en lo criminal por el asesinato de Posadas, el secuestro de Alfredo Harp, el asesinato de Colosio, el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu; en lo político por el efecto en la élite gobernante por el crimen de Colosio; y en lo económico y de proyecto de desarrollo por la devaluación de diciembre de 1994, el alza de tasas de interés bancarias y el efecto social en el empobrecimiento generalizado de los mexicanos que ya no pudo atender el TCL. El debilitamiento de la autoridad política del Estado, la pérdida de hegemonía del gobierno por las protestas sociales y la multiplicación de movimientos sociales optando por la acción directa condujeron a un abandono de los espacios políticos, de gobierno y de autoridad del gobierno y del Estado.
 
En este sentido, el contexto del asesinato de Colosio debe ser parte fundamental del análisis y de las investigaciones.
 
 
 
LA CRISIS POLÍTICA DE 1994
 
 
 
El escenario político fue diverso: el achicamiento del gobierno, el relevo en la élite gobernante por tecnócratas desplazando a los políticos y sobre todo las disputas al interior del gobierno de Salinas crearon un ambiente de inestabilidad que desde el comienzo marcaron la decreciente gobernabilidad de Salinas. Dos grupos se formaron en el gabinete: el tecnocrático de Córdoba Montoya que se alió a Colosio pero definió como su brazo operador a Zedillo; y el político y minoritario encabezado por Manuel Camacho Solís. Córdoba era de nacionalidad franco-española, formado en el sector conservador del Partido Socialista Francés y principal consejero económico de Salinas. Camacho era un politólogo progresista de El Colegio de México, pionero en la crítica al sistema político mexicano y principal consejero político de Salinas. Córdoba empujaba la reforma económica sin concesiones políticas y Camacho apoyaba el proyecto económico pero priorizaba la reforma política. Colosio había sido una pieza menor en el grupo salinista durante el gobierno de De la Madrid: diputado y operador de algunos programas; operó en la campaña salinista por la presidencia como el pivote político en el PRI; y al arrancar el sexenio salinista, Colosio tuvo un ascenso muy rápido: senador y presidente nacional del PRI con la tarea de controlar a los priístas y reformar al PRI en función del modelo neoliberal de mercado.
 
En 1989 el grupo salinista tuvo tres grupos: Córdoba con Zedillo, Camacho consigo mismo y Colosio dependiendo directo del presidente Salinas y medio terciando entre los dos. En función de las expectativas adelantadas de la elección presidencial de 1994, Salinas tenía una tercia: Camacho por sí mismo, Colosio como la propuesta de Salinas y Pedro Aspe como el candidato del modelo económico. Pero Aspe en realidad nunca tuvo él mismo la aspiración, por lo que la baraja sucesoria de Salinas se redujo a Colosio y a Camacho, con Córdoba apoyando a Colosio e incrustando a Zedillo en el grupo de Colosio.
 
A lo largo de 1989-1992 la polarización en el gabinete salinista fue pivoteada por el carácter poco negociable de Camacho, al grado de que las pugnas Camacho-Córdoba envenenaron el funcionamiento del gobierno. Salinas, a su vez, jugó con las expectativas de Camacho, enredó la carta tapada de Colosio que todos ya sabían y dejó que las contradicciones y conflictos se acumularan en el seno del gabinete hasta convertirse en una bomba molotov a punto de estallar con cualquier chispazo. Al arrancar 1993 como el año de la designación del candidato presidencial priístas, Salinas ya había decidido a favor de Colosio pero jugó con Camacho. Este hecho explicó el enojo de Camacho a finales de noviembre cuando el PRI anunció la nominación de Colosio.
 
El cruce de la violencia criminal con el asesinato de Posadas contaminó la inestabilidad política por la lucha por la candidatura priísta. Y como dato adicional, en enero de 1993 Salinas había despedido a su secretario de Gobernación, el experimentado Gutiérrez Barrios, jefe de los servicios de inteligencia y seguridad nacional de 1949 a 1970. Luego del asesinato de Posadas en mayo de 1993, hacia octubre se descubrieron asesinatos por arte de un grupo guerrillero chiapaneco con nombre zapatista. Pero Salinas desdeñó los avisos políticos porque en noviembre se votaría en el congreso de los Estados Unidos la aprobación del tratado de comercio libre México-EE.UU.-Canadá.
 
La nominación oficial de Colosio como candidato fue la mañana del domingo 28 de noviembre de 1993, días antes de la visita a México del vicepresidente Al Gore parta festejar el TCL. El enojo de Camacho por el juego desleal de su amigo Salinas desestabilizó al gabinete y mostró que la sucesión de Salinas estaría marcada por el conflicto político, En enero de 1994 estalló el alzamiento guerrillero del EZLN en Chiapas y el país cayó por la pendiente de la crisis política más grave desde el asesinato de Álvaro Obregón en julio de 1928: secuestros, asesinatos de políticos prominentes, renuncias en la Secretaría de Gobernación, presiones de élites políticas para suspender las elecciones, enojos en el PRI y devaluación del peso.
 
Aún con la crisis, Salinas mantenía el control político del país: Camacho aceptó la Secretaría de Relaciones Exteriores y luego fue el canal de negociación de la paz con los zapatistas. Más aún, luego del asesinato de Colosio, Salinas pudo poner como candidato a Zedillo y mantuvo el control político después del asesinato de Ruiz Massieu en septiembre y la renuncia escandalosa de Mario Ruiz Massieu a la subprocuraduría de la república acusando al gobierno del asesinato de su hermano. Dos fueron las variables del colapso final: la complicidad con Zedillo sobre el asesinato de Colosio y la fuga de capitales que obligó a la devaluación de diciembre de 1994.
 
La crisis económica 1994-1995, el encarcelamiento de Raúl Salinas de Gortari, la ruptura Salinas-Zedillo, los pactos de reforma política de Zedillo con la oposición para la aprobación del programa anticrisis y la derrota electoral del PRI en 1997 al perder la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados y el gobierno del DF hicieron olvidar el crimen de Colosio.
 
 
 
LA FIESTA DE LAS BALAS
 
 
 
Las tres preguntas que quedaron sin responder siguen en el ambiente político mexicano:
 
1.- ¿Quién mató realmente a Colosio?
 
2.- ¿Qué reorganización política y en las élites provocó el asesinato?
 
3.- ¿Representó Colosio la posibilidad de un replanteamiento social del proyecto salinista?
 
Las respuestas son sólo especulativas.
 
1.- En el crimen sólo caben dos interpretaciones; la teoría de la conspiración o la navaja de Ockham. De la primera hubo un razonamiento del abogado salinista Juan Velázquez; si se probara que Salinas había sido el asesino, la opinión mexicana diría que de todos modos había algo más atrás. De la segunda se colgó la PGR: la explicación más lógica era la verdadera, es decir, que el asesino había sido Aburto en solitario.
 
2.- El asesinato de Colosio desarticuló a la élite salinista: Córdoba tuvo que abandonar el país, Camacho fue obligado a salir del PRI y buscar espacio en la oposición, Zedillo gobernó en solitario y aceptó la alternancia cuando el PRI le negó posibilidades a sus delfines tecnócratas, Salinas estuvo a salto de mata durante casi diez años, el grupo salinista se articuló a los sexenios panistas y los priístas se olvidaron de Colosio.
 
3.- Colosio no iba a modificar el rumbo económico pero le daría prioridad a lo político y social, a riesgo de que a la larga se hubiera visto obligado a replantear el rumbo neoliberal de mercado. En lo político hubo una decisión que quedó en el escenario del asesinato: el 22 de marzo Colosio logró un pacto con Camacho y el 23 Colosio dio a conocer un boletín muy elogioso a favor de Camacho; Colosio le había prometido a Camacho la Secretaría de Gobernación para operar desde ahí la reforma política democrática, pero Camacho fue visto con recelo por Salinas, Córdoba y los salinistas. El mensaje para los salinistas era el pacto de Colosio con Camacho. El más preocupado fue Córdoba.
 
El mensaje de Colosio el 6 de marzo de 1994 fue asumido por muchos como una ruptura de Colosio con Salinas. Los datos más o menos verificables señalan que Salinas sí conocía el texto del discurso y no hizo ninguna sugerencia. Pero se dio el caso singular en que el texto leído no se salía de los parámetros de conquista de espacios de autonomía relativa del candidato con el presidente saliente; en 1970, por ejemplo, Echeverría criticó al gobierno de Díaz Ordaz por Tlatelolco, dicen que Díaz Ordaz pensó en cambiar candidato pero al final las circunstancias hacían imposible quitar al candidato. Pero el tono verbal, fogoso, con un extraordinario equipo de sonido, le dio a ese discurso de Colosio una dimensión mayor: sonó a ruptura. La frase de “México tiene hambre y sed de justicia” se escuchó como la gran critica a Salinas, pero tampoco significaba gran cosa, y más cuando era una frase ya dicha por Justo Sierra a comienzos del siglo XIX.
 
Aferrado al poder, Salinas entró en una zona de inestabilidad emocional por el alejamiento de Colosio y sus relaciones con los que consideraba “adversarios antisalinistas”. Acostumbrado a controlar el poder, lo fue perdiendo con Colosio. ¿Suficiente como para acudir a la decisión extrema de un asesinato? No se sabe. Cualquier respuesta tiene elementos probatorios. El caso fue que Salinas vio con temor la alianza de Colosio con Camacho. Con todo, hasta el último día se vio a un Colosio agradecido con Salinas, sin muchas expectativas de reformar el modelo económico y esperanzado a que en lo político y social encontrara formas de legitimación propia.
 
El discurso social y político de Colosio no alcanzaba para una gran reforma de régimen, aunque una frase prometedora de Colosio fue la de “reformar el poder” que podría significar todo.. o nada. Camacho tampoco representaba una propuesta de transición a la democracia; si acaso, sí apuntaba a algunas reformas de distensión política favoreciendo a la oposición; de haber llegado a Gobernación con Colosio, Camacho no haría más que reforzar el régimen priísta. Y era casi seguro una continuidad salinista en la Secretaría de Hacienda.
 
El llamado caso Colosio necesita de nuevos replanteamientos analíticos y de investigación, aunque con pocas certezas de que se pueda descubrir otra línea del crimen del poder. El PRI ganó las elecciones presidenciales de 1994 con el 49% por el temor social a un colapso revolucionario o contrarrevolucionario. Imposible estimar el saldo electoral de haber llegado Colosio a las elecciones. Lo que sí queda claro es que su asesinato marcó un cambio de rumbo histórico para México, hasta ahora para mal. De 1994 a la fecha, México trata de mantenerse a flote, sin capacidad e iniciativa, sin una cohesión interna para salir del hoyo y con resentimientos acumulados.
 
Lo que queda es el recuerdo en disolución de Colosio, con un priísmo pensando de manera egoísta en sí mismo, la propuesta colosista en el cesto de la basura. Eso sí, Salinas de regreso al poder como se le vio a mediados de marzo en la fiesta del jefe Diego Fernández de Cevallos y la plutocracia poscolosista.
 
indicadorpolitico.mx

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